Visitar el Monte Saint-Michel siempre había sido uno de esos sueños que guardábamos con ilusión. Un lugar de cuento, rodeado por mareas que suben y bajan, donde si tienes suerte puedes caminar sobre arenas movedizas, aunque con cuidado, porque puedes quedar atrapado en ellas. Pero lo que jamás imaginamos es que este viaje terminaría convirtiéndose en dos de las anécdotas más caóticas y divertidas de todos nuestros recorridos.
Hoy te contamos ambas… para que disfrutes, rías y —sobre todo— ¡para que no cometas nuestros mismos errores! Aunque dicen que perder por aprender, no es perder.
1. La Odisea París–Saint-Michel: Entre vinos, perdimos justo el bus que no debíamos perder
La primera parte de esta aventura empezó en París, la noche antes de tomar un bus a las 8AM que nos llevaría en pocas horas a Mont Saint Michel. El plan era dormir temprano.
¿Dormir en París?
¿Quién puede dormir temprano en París, sin poder disfrutar la Torre Eiffel de noche y su increíble iluminación?
Una noche inolvidable (y por supuesto, el encanto de París) nos dejó dormidos… y sin bus. A partir de ahí comenzó la verdadera odisea: trenes que nos dejaban en pueblos remotos, conexiones imposibles, maletas pesadísimas y un celular a punto de morir.
A las 8 de la noche, sin transporte disponible, nos tocó caminar durante dos horas más en la oscuridad, obviamente con maletas pesadisimas corriendo con nosotros las calles solitarias de pueblitos franceces. Pero el destino tenía algo preparado y una buena enseñanza: un coche se detuvo para ofrecernos ayuda. Sin dudarlo por un solo segundo, con los pies doliendo y el cansancio hablando, nos subimos, al fin al cabo es Europa, que nos puede pasar. El conductor parecía… peculiar, pero fue el único que se ofrecio a llevarnos, claro, sin saber francés y el lenguaje eran solo señas. Y en un momento frenó de golpe en un lugar solitario.
Nos miramos, por un instante pensamos lo peor.
Pero no.
Solo quería mostrarnos la vista más espectacular del Monte Saint-Michel, iluminado por la luna llena. Una imagen que nos dejó sin palabras.
Llegamos finalmente al hotel: agotados, desvelados, pero felices. Y con la sensación de haber vivido una de esas historias que solo entiendes cuando viajas así: improvisando, sobreviviendo… y riendo al final.
En este video, te contamos la primera parte de la anécdota, sí porque este fue solo el comienzo.
2. La Caminata Eterna: Lo que pasa cuando confías demasiado en Google Maps
Todo comenzó con la ilusión de ver el Monte Saint-Michel al menos 4 días, no íbamos a recorrer media parte de Francia para estarnos solo un día. Encontramos un hotel “cerca”, convencidos de que habría transporte, pensamos 10 minutos en bus y estamos perfectos. Pero no… un taxi costaba 60 euros por trayecto, y no había buses disponibles. Hicimos cuentas…
Así que, muy seguros de nuestra idea, decidimos caminar.
¿La distancia? Dos horas de ida… y dos horas de vuelta.
Sol, viento, ampollas, risas nerviosas, paisajes hermosísimos y un cansancio que no sabíamos si celebrar o maldecir. Pero lo cierto es que, cuando finalmente llegamos y vimos la silueta imponente del Monte Saint-Michel frente a nosotros, supimos que esas cuatro horas caminando se convertirían en una historia que contar para siempre.
Moraleja: si visitas el Monte Saint-Michel…
👉 No te quedes en los pueblitos cerca, quédate en el Monte Saint Michel.
Si quieres conocer que ver en el Mont Saint – Michel, te contamos aquí:
Una Aventura que No Olvidaremos
Dos días, dos anécdotas, dos formas completamente distintas de llegar al mismo destino mágico.
El Monte Saint-Michel no solo nos regaló paisajes de ensueño, sino también experiencias que nos enseñaron a planear mejor… y al mismo tiempo, a aceptar que los viajes se vuelven increíbles precisamente por esos errores inesperados.


